101 - Ética - Noviembre 2016

El valor ético de lo científico

101 - Ética - Noviembre

Psicofarmacología 16:101, Noviembre 2016 Prof. Dr. Luis Allegro Presidente de Honor de la Sociedad de Ética en Medicina, AMA. Miembro del Consejo Académico de Ética en Medicina, Academia Nacional de Medicina. Exprofesor Titular de Psicopatología y Psiquiatría, Universidad de Rosario. Full Member of the International Psychoanalytic Association. Sección de ética El valor ético de lo científico La Revolución francesa fue, sin lugar a dudas, la que obligó a abordar al individuo y a la sociedad como problema de estudio científico. De esto surgió el positivismo a comienzos del siglo XIX, como una epistemología impulsada por el francés Augusto Comte y el británico John Stuart Mill. Esta epistemología emergió para sustentar el abordaje científico naturalista del ser humano, tanto en su expresión individual como colectiva y constituyó la aplicación metodológica utilizada en las ciencias físico-naturales aplicadas al hombre. El objetivo fundamental de este enfoque es encontrar explicaciones causales de los fenómenos biológicos y sociales. Estas explicaciones buscan conocer las causas de un fenómeno y permiten actuar sobre ellas para controlarlo. Como reacción a este positivismo surgió especialmente en Alemania, la epistemología hermenéutica. La herencia del positivismo Diego Gracia ha dicho que el positivismo del siglo XIX ha dejado como herencia una tesis que se traduce en la idea de que “todo lo que es científica y técnicamente correcto no puede ser malo”. Por lo tanto, esto incluye una ética que está subordinada a dicha tesis. Según esta forma de pensar, todo problema ético surge y se sustenta en un problema técnico: solucionada la cuestión técnica queda arreglada su consecuencia ética. Si lo científico es verdadero, y lo verdadero no puede ser malo, entonces lo científico es quien dicta lo ético. Esto significó una división virtual de la sociedad: por una parte estaban “los científicos” y por la otra, “los demás”. Ese gran grupo de “los demás” quedaban subordinados ética y moralmente a “los científicos”. Así se plantearon líneas de fuerza que verticalizaron la estructura social entre los de arriba y los de abajo, creándose así un fuerte paternalismo en la toma de decisiones. Esto se vivió en todas las capas sociales y muy especialmente en el campo de la medicina. El médico, al ser un científico es "el que sabe" y, por lo tanto, es "el que decide". Así, su decisión ha sido casi una orden. Los experimentos en seres humanos en los campos de concentración Al finalizar la Segunda Guerra Mundial se descubrieron los experimentos que se hicieron en seres humanos en los campos de concentración por los representantes de una medicina cuyos ideales y órdenes estaban al servicio de un régimen político. Como consecuencia nació el Código de Nüremberg (1947), constituyendo este el piloto que provee regulaciones éticas para las investigaciones que en el campo de la medicina son realizadas sobre seres humanos y que deben estar basadas en el consentimiento informado. Luego vendría la Declaración de Helsinki (1964) que fue luego refrendada en varias Asambleas Médicas Mundiales. En ella se estipulan las recomendaciones que deberán respetar los médicos e investigadores basadas en los conceptos biomédicos que cuidan y respetan la protección de los seres humanos. Esta declaración instruye en 10 ítems básicos, los principios que deben enmarcar las investigaciones biomédicas. La bomba atómica La energía nuclear constituyó ¿un beneficio o una amenaza? La guerra fue el motor que apuró su desarrollo concretándose en la bomba atómica cuyo testimonio se plasmó en forma elocuente en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Allí se demostró el poder devastador de sus efectos. Fue justamente la genialidad del físico alemán Albert Einstein quien desarrolló las bases teóricas -con su famosa relación entre masa y energía- que permitieron la fisión nuclear y la energía atómica. Son muy conocidas por una parte la carta que Einstein envió al presidente Roosevelt sobre la bomba atómica, y luego las cartas que envió a su amigo filósofo japonés Selei Shinohara de remordimiento por no haber podido evitar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, Hoy surge la cuestión sobre si la energía nuclear es un beneficio o una amenaza. Seguramente constituye las dos cosas. Quienes la atacan, subrayan el peligro de accidentes en plantas nucleares. Quienes la defienden en cambio, ponen el acento en sus contribuciones a la ciencia y al avance tecnológico. La energía nuclear implica peligros no solo en las aplicaciones militares, sino por los accidentes que pueden producirse como el de Chernobil. Otro problema lo constituyen los residuos nucleares que plantean el interrogante de dónde ponerlos sin que produzcan los peligros de la contaminación ambiental. Esto generó enérgicas críticas sobre el traslado y la ubicación de dichos residuos, se ha señalado muchísimo que el destino son los países subdesarrollados. Los científicos aprenden la diferencia entre lo que se “puede” y lo que se “debe” hacer La dupla Hiroshima-Nagasaki por un lado, y Dachau- Aushwitz por el otro enseñaron a los científicos −y al mundo− lo peligroso que es el poder cuando se pone al servicio de lo que no se debe hacer. Estos acontecimientos abrieron los ojos de la humanidad y se comenzó a ver cada vez con más claridad el extraordinario poder de los conocimientos científicos y de lo beneficioso o de lo peligroso que pueden ser sus aplicaciones. El mundo científico comenzó a reconocer la imperiosa necesidad del marco ético que se torna indispensable para evaluar sus aplicaciones y resultados. El cambio ético-profesional Los científicos y los médicos dejaron de ser –como dice Diego Gracia− los reyes y sacerdotes que estaban más allá del bien y del mal, para reubicarse en la condición de su humilde humanidad. Constituye una imperiosidad entrar a reconocer sus posibilidades, sus limitaciones y sobretodo la finalidad ética de su quehacer. Se impone discriminar lo que se puede de lo que se debe hacer y no confundir el poder con el deber. Cada vez es más importante la reflexión ética, especialmente para amortiguar los efectos de la formación positivista en la medicina. Es necesario que el poder científico y técnico esté regulado por un claro marco ético. Cuando se trata de problemas de la salud y de la vida se impone abandonar el paternalismo de otra época y ampliar la gestión de la toma de decisiones sobre el manejo del cuerpo, de la salud y de la vida. EDITORIAL SCIENS // 5

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